
Las mujeres somos reinas. Las mujeres somos torres, fortalezas, cárcel y libertad.
Juana fue Reina ensimismada en la prisión de sus amores por caprichos del destino. Encrucijada de la avaricia de los hombres, que intentaron quebrarla como un juguete roto en el tablero político de una tierra con dos aristas, dos culturas, Castilla y Flandes, dos dinastías, dos coronas, dos hombres, dos Reyes, Fernando y Felipe, dos nombres, dos látigos de amor de quita y pon y egoísmo de hoja perenne que rubricaron con sus azotes su destino.
La figura de la Reina Juana, la cautiva de Tordesillas, continúa fascinando con el paso de los siglos. Por sus silencios, por sus pasiones, por esa locura que no sabemos si fue tal. Por esa cordura que no sabemos si fue tal. Juana de seda y acero, Juana prisionera al pie del Duero rumiando crecidas, Juana atada a la tierra. Juana soñando. Juana esperando. Juana más allá, haciendo verdad el cielo a través de los barrotes, si su cárcel primera fue su vientre y su alma, si la libertad existe más allá de la herida.
Juana somos todas. Una parte de Juana pervive en la mirada de las mujeres que aman, que ríen, que sufren, que se angustian, que se inmolan, que gritan su soledad al viento. Una parte de Juana pervive en las gargantas oprimidas, en los besos de veneno, en la mano que acaricia y azota a partes iguales a todas las juanas del mundo. Juana, muerta, permanece en el poso de las que viven. Juana, viva, permanece en el poso de las que mueren, confinadas a cárceles de temor, rabia y miedo. Cárceles de amor convertidas en castigo y culpa.
De la mano de Carlos García Adeva, descubrimos a una Juana de carne y hueso, hembra antes que reina; mujer, que no icono. Juana sin corona, con el destino tatuado en la mirada y en la piel. No es la Juana estática de las pinturas renacentistas, la más bella hija de los Reyes Católicos, heredera por capricho de Dios o del demonio. No es la Juana madre del glorioso emperador que consolidó la dinastía en el tiempo lejano en que el ombligo del mundo conocido pasaba forzosamente por las Españas.
De la mano de Carlos García Adeva descubrimos a la Juana del grito, la Juana del llanto, la Juana de la soledad, la Juana de la angustia, la Juana del miedo, la Juana de la impotencia, para que sea una llamada a la esperanza y a la libertad, para que sea un canto a la ternura que quedó muriéndose en sus entrañas. Juana libre, al fin, de sus demonios y sus desvaríos, de sus momentos de lucidez, de sus amores malditos. Juana eterna al pie del Duero, Juana de Tordesillas, Juana en Tordesillas.
A través de los siglos, Juana se multiplica en miles de juanas, en miles de reinas destronadas en lo cotidiano, miles de juguetes rotos, miles de sueños quebrados, cadenas sin eslabones; miles de soledades a la sombra de sus mazmorras. Juana se alza entonces también como bandera, como la mujer de orgullo y piedra que soportó en pie la sentencia de su destino y sobrevivió a los hombres y a los nombres, a la tierra, al trono y a la reclusión.
Nunca una corona pesó tanto sobre las sienes de una mujer.
(Como la fábrica está temporalmente detenida, subo este texto que escribí hace un mes para el catálogo de la exposición del genial Carlos Adeva con motivo del V centenario de la llegada de la reina a Tordesillas. Es también mi manera de decirle a la Reina Juana que, cinco siglos después, su figura continúa fascinando).




